Esteban nunca había oído hablar de la pandilla carcelaria Los Paisas hasta que fue recluido en el centro de detención para migrantes de Adelanto, California. Apenas cruzó las rejas de su módulo, otros detenidos le hicieron saber que debía elegir: podía unirse a ellos o sumarse a otro grupo conformado por rusos, indios, chinos y armenios. Entendió que quedarse solo lo dejaría indefenso y aceptó. No hubo un ritual de iniciación; tampoco le exigieron jurar fidelidad. Las reglas eran simples: proteger a los suyos de personas violentas, resolver disputas internas y mantener cierto orden en un lugar donde la autoridad parecía insuficiente. Con el paso de los meses, las deportaciones y los traslados fueron llevándose a sus conocidos. Eran reemplazados por recién llegados, algunos de los cuales ignoraban las dinámicas del encierro. Le tocó enseñarles. Cuando se dio cuenta, Esteban era de los de mayor antigüedad y, sin haberlo buscado, terminó siendo uno de los líderes de dicha banda.“Paisas somos todos los que hablamos español: mexicanos, centroamericanos, cubanos. Con nosotros llegaron varias personas que eran pandilleros, tatuados completamente, que ya querían sentirse dueños ahí, querían mandar a los más débiles, se ponían violentos. Pero nosotros no permitimos eso. Nos agrupamos y le decíamos a esa gente: ‘¿Sabes qué? Aquí va a ser así y así, o te sales’. Le dábamos una bolsa, ponía sus pertenencias y solito se salía”, cuenta Esteban, quien aceptó hablar con EL PAÍS bajo la condición de anonimato. Este hispano pasó casi un año en una de las áreas de Adelanto reservadas para detenidos que el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) considera de mediana o alta peligrosidad. Allí conviven personas acusadas o condenadas por delitos graves, incluidos pandilleros, homicidas, violadores y narcotraficantes. Tras cumplir sus sentencias en cárceles estatales o federales, muchos son trasladados a centros de detención migratoria mientras esperan su deportación. En Adelanto, suelen identificarlos con uniformes naranjas o rojos.Pero en esos mismos sectores también terminan migrantes cuyos procesos penales siguen abiertos, como ocurrió con Esteban. A él lo acusan de intento de homicidio. El año pasado, mientras enfrentaba su caso en libertad tras pagar una fianza, agentes del ICE lo detuvieron cuando se dirigía a su trabajo en Los Ángeles. Días después fue enviado a Adelanto. “Cuando recién llegué, había muchos problemas. A cada rato unos se daban en la torre con otros. Al principio tuve miedo de que me fueran a poner la etiqueta de pandillero, pero me hice Paisa porque era lo que había. No había otra opción”, recuerda. Fue liberado hace unas semanas y pudo volver a su casa en Los Ángeles. El centro de detención de Adelanto, uno de los más grandes de California, se levanta en medio del desierto de Mojave, a unos 145 kilómetros al noreste de Los Ángeles. La instalación, con capacidad para 1.940 personas, es operada por la empresa privada GEO Group mediante un contrato con el ICE. Durante años ha sido objeto de denuncias por presuntos abusos, negligencia médica, mala alimentación, hacinamiento y la muerte de migrantes. Un informe reciente de la Fiscalía General de California añadió otra preocupación a la lista: el presunto uso excesivo de la fuerza por parte del personal de seguridad encargado de vigilar el complejo.Además, los migrantes bajo custodia del ICE deben sobrellevar situaciones violentas. En Adelanto y en algunos otros centros también conviven con pandillas carcelarias que ejercen poder dentro de los módulos. Entre ellas destacan Los Paisas, Los Sureños, considerados los “soldados” de la organización criminal conocida como la Mafia Mexicana o La Eme; y sus rivales históricos, Los Norteños, vinculados al grupo delictivo Nuestra Familia.“Es una situación peligrosa porque tienes a gente que ha estado en prisiones extremadamente violentas, con pandillas, donde regularmente ocurren asesinatos, y en un momento están junto a alguien que nunca ha estado en problemas legales, tal vez solo porque manejó borracho, por una multa de tráfico o por haber cruzado la frontera ilegalmente”, explica Gabe Morales, autor de varios libros sobre pandillas carcelarias y exjefe de seguridad del centro de detención del ICE en Tacoma, Washington.“Los atacan, los acosan, les quitan sus posesiones, su comida. Mucha gente les tiene miedo, porque han cometido asesinatos dentro y fuera de las cárceles”, añade.La oficina de prensa del ICE indicó en una declaración enviada a EL PAÍS que sus centros de detención utilizan un sistema de clasificación para separar a los detenidos según el riesgo de seguridad, los antecedentes penales, la afiliación a pandillas y otros factores. “Las normas de detención del ICE exigen que los centros mantengan entornos seguros y ordenados, al tiempo que maximizan la capacidad de detención y la seguridad pública”, señaló. La dependencia, sin embargo, no se refirió concretamente a las actividades ilícitas ni a los hechos violentos que ocurren dentro de sus instalaciones. “Pueden ser muy violentos”La historia de Los Paisas se remonta a mediados de la década de 1980, cuando un creciente número de migrantes mexicanos condenados por delitos violentos y que no hablaban inglés comenzó a llegar a la prisión estatal de Folsom, en el norte de California. Morales vincula ese fenómeno con el endurecimiento de las políticas migratorias de la época. Superados en número por Los Sureños y Los Norteños, una desventaja que los convirtió en presa fácil, muchos de esos reclusos se agruparon para protegerse. Así nació Border Brothers, una organización que adoptó la estructura jerárquica característica de las bandas carcelarias.Una década después surgió una escisión. Algunos mexicanos recién llegados rechazaron las reglas de Border Brothers y comenzaron a reunirse por su cuenta. Entre ellos se decían con afecto “paisa”, una derivación de la palabra paisano. El grupo creció rápidamente.“Llegó un momento en que Los Paisas superaron en número a los Border Brothers. Empezaron a organizarse por estados de origen: los de Sinaloa, los de Jalisco, los de Guanajuato. Muchos se tatuaban frases como ‘Hecho en México’ o el águila del antiguo logotipo comercial mexicano. Es porque son inmigrantes de primera generación, que no hablan inglés y no han asimilado completamente la cultura estadounidense”, explica Morales.Según el especialista, parte de su expansión se debió a que imponían menos reglas que otras organizaciones. El grupo existe únicamente tras las rejas, dice el experto. “No tienen una estructura rígida. Se consideran iguales entre ellos. A diferencia de Los Sureños, cuando salen de prisión, nadie conserva autoridad sobre los demás. Dentro de la cárcel pueden designar a alguien para representarlos frente a otras pandillas, algo así como un embajador. Hoy aceptan cubanos, colombianos y centroamericanos, aunque alrededor del 90% de sus integrantes siguen siendo mexicanos”, explica.En la actualidad, Los Paisas figuran entre las pandillas carcelarias más numerosas del país y tienen presencia tanto en prisiones federales como en centros de detención migratoria. Algunos tienen la experiencia de haber purgado sentencias en penitenciarías de sus países. “Están en lugares donde ni te imaginas: Arkansas, Georgia, Nueva Jersey. Donde haya una población importante de mexicanos, probablemente estén ahí”, afirma Morales. “Y pueden ser muy violentos. Han participado en disturbios y enfrentamientos en numerosas prisiones”.Miguel, un migrante sudamericano que pidió ocultar su identidad, asegura haber sufrido esa violencia durante su estancia en un centro de detención del ICE en Texas. “Tenía que darles parte de la comida que compraba con el dinero que me enviaba mi familia. Si no lo hacía, me golpeaban o me impedían salir de la unidad. Lo mismo les hacían a otros compañeros”, relató a este diario.Por miedo a represalias y convencido de que las autoridades migratorias no lo protegerían, nunca denunció los abusos. “Ellos controlaban la venta interna de drogas. Querían que me volviera Paisa. Nunca acepté y lo pagué caro. Hasta que salí libre descansé de ellos”, recuerda.Esteban, por su parte, rechaza que el grupo en Adelanto al que pertenecía se dedicara a intimidar a otros detenidos o a realizar actividades criminales. Quienes lo hacían actuaban por su cuenta, dice. Morales sostiene que la realidad de Los Paisas varía considerablemente de una instalación a otra y de un contexto político a otro. No todos sus grupos, explica, buscan ejercer control sobre otros detenidos ni participan en actividades ilícitas.El exjefe de seguridad del centro de detención del ICE en el Estado de Washington atribuye parte de esa transformación a los cambios en la población bajo custodia migratoria. A medida que el Gobierno de Donald Trump ha incrementado las detenciones de migrantes sin antecedentes penales graves, los centros del ICE han comenzado a albergar a personas con perfiles muy distintos a los que predominaban años atrás. “Yo trabajé en el centro de Tacoma durante el Gobierno de Biden en 2022. Había asesinos, violadores, ladrones, narcotraficantes. No teníamos a mexicanos trabajadores, a Paisas menos violentos, como ahora”. DisputasEntre Los Paisas, los puestos de liderazgo recaen con frecuencia en quienes tienen más edad, mayor antigüedad tras las rejas y hablan inglés y español. La banda domina por número: en aquel sector de Adelanto eran alrededor de 60 integrantes, casi tres veces más que el grupo conformado por migrantes de Asia y Europa, quienes se comunicaban principalmente en inglés.En el centro, la autoridad de Esteban no se limitaba a otros detenidos. También los guardias lo veían como una especie de intermediario informal dentro de la unidad. Cada día recibía reportes sobre lo que ocurría en el módulo. Le tocaba mediar disputas, apaciguar tensiones y decidir quién podía quedarse y quién debía marcharse. “Me decían: fulano se peleó con no sé quién, sacaron a aquel, llegaron tantos nuevos”. Según su relato, cuando informaba a los guardias que un detenido estaba causando problemas, estos solían trasladarlo a otra unidad, típicamente a una donde se corrían más riesgos. Esteban cuenta que las disputas más frecuentes giraban en torno a las tabletas electrónicas que el centro prestaba a los detenidos para escuchar música, ver películas o comunicarse con sus familias. Había poco más de 20 dispositivos, por lo que cada aparato debía compartirse entre varias personas. Bastaba que alguien excediera el tiempo acordado para que estallara una discusión.A menudo era Esteban quien debía intervenir para evitar que los desacuerdos escalaran, incluso cuando involucraban a hombres condenados por delitos graves y a quienes temía. “Yo conviví con gente que había matado a alguien, pero que ya no querían problemas. Solo querían salir lo antes posible y se volvían más tranquilos. No tenían el mismo odio que cuando estaban en la cárcel”, reflexiona.Pese a las diferencias, sin embargo, la convivencia solía ser pacífica. Cada cual solucionaba sus pleitos. A veces compartían alimentos y hasta intercambiaban uno de los bienes más codiciados dentro del centro: los botes de mantequilla de maní.